Marggie, una neoyorkina cultivada, creía conocer lo suficiente sobre los mayas. Así que, al ver el entusiasmo de su hijo Mike con sus clases de español decidió emprender un siempre postergado viaje a la tierra de los mayas, una cultura fascinante y salvaje que había conocido en libros y videos: enormes pirámides y sacrificios humanos.

Pero el lujoso resort al que llegaron, de maya sólo tenía el nombre, fue lo primero que sintió. En todas las agencias de viajes una multitud de tours ofrecían visitas a los mismos sitios arqueológicos, pero en una de ellas le sugirieron: “[su_highlight]Si va con su hijo, le sugerimos el Encuentro Maya, porque además de Cobá, la llevarán a visitar comunidades mayas auténticas[/su_highlight]”. Esto último la hizo decidirse, quería dejar de sentirse una turista más. Además, para el niño habría mucha aventura, le anunciaron.

La primera, pequeña sorpresa al día siguiente fue que no llegara el esperado autobús. En cambio, vino a recogerlos una van y un sonriente mexicano vestido de safari se presentó como su guía y amigo.

“[su_highlight]Por el día de hoy dejaremos de ser turistas"[/su_highlight] —anunció el guía al pequeño grupo reunido—. “[su_highlight]Somos expedicionarios y vamos a explorar un mundo para muchos desconocido. Descubriremos sitios prístinos y viviremos experiencias que muy probablemente nunca antes han vivido. Así que sólo les pido dos cosas, sigan mis instrucciones de seguridad y disfruten[/su_highlight]”.

Una vez en Cobá, Marggie y Mike vieron por primera vez el famoso juego de pelota. Más que pirámides, estas imponentes construcciones eran templos ceremoniales, les explicaron.

Subir a la edificación más alta le dio esa sensación de estar realmente en otro mundo, con el mar de selva a sus pies y el viento en la cara se sintió viajera del tiempo, un auténtico traslado al mundo de los antiguos mayas.

El niño quiso saber más sobre su desaparición. “[su_highlight]El fin de su gloriosa civilización tiene su explicación[/su_highlight]”, le explicó el guía, “[su_highlight]pero los mayas no desaparecieron: de generación en generación su cultura sobrevive y ellos también, por supuesto[/su_highlight]".

Para probarlo, visitarían una comunidad. “[su_highlight]Vamos a conocer a los mayas de hoy[/su_highlight]” Y tomaron carreteras y caminos que se hacían cada vez más angostos.

Mal o´Kin

De pronto, la camioneta se detuvo y subieron dos niños de rasgos marcadamente nativos que intercambiaron palabras con el guía en una lengua extraña.

El desconcierto se acentuaba conforme la van se adentraba en agrestes brechas hasta que finalmente se detuvo y los niños se bajaron. El guía pidió a los turistas descender también y finalmente explicó que los pequeños Francisco y Paulino regresaban de la escuela, pero como no había transporte público en la zona, se había tomado la libertad de llevarlos y así evitarles una larga caminata de regreso a su poblado.

Antes de introducirlos en la espesa selva, el líder dotó de arneses y cascos a su grupo de exploradores. Al trino de los pájaros se sumaba el sonido de las pisadas sobre las hojas y el chasquido de los metales que entrechocaban al andar. En medio de abundante vegetación, se encontraba un simple hoyo; el reto era bajar a rappel hasta sus cristalinas aguas.

“[su_highlight]Ni de loca bajaré por ahí[/su_highlight]” pensó Marggie mientras descubría que a dieciocho metros bajo tierra emergía el inmenso cenote del Jaguar. Pero la emoción de Mike la contagió y pronto estaban flotando, admirando cómo el reflejo de la luz simulaba la piel del felino a cuyo nombre hacía referencia la majestuosa bóveda.

Tras haber volado en las tirolesas, se despojaron del equipo y siguieron caminando por la selva. Un aroma peculiar se hacía cada vez más presente; al seguirlo, distinguieron que venía del humo, y tras la nube del humo, apareció el rostro de un anciano, marcado por el sol y por el arduo trabajo de toda una vida.

“[su_highlight]Mal o´Kin![/su_highlight]” pronunció con voz agrietada.

Así fue cómo escucharon la lengua que creían desaparecida, sino muerta, la de los mayas, en uno de los rituales más antiguos y auténticos. Era cierto entonces: ¡La cultura maya seguía viva!

La sorpresa se confirmó en el comedor, donde saborearon platillos preparados con ingredientes locales, por manos mayas.

Una señora ataviada de un colorido vestido bordado llevó a Marggie a su cocina donde la invitó a hacer tortillas poniéndolas en el comal.

De pronto, Marggie se sentía dentro de la fotografía del folleto que había visto cuando eligió la expedición. Todo era real. Y maravilloso.

Al salir del comedor, se acercaron a la laguna que reflejaba las primeras nubes del ocaso. El anciano de la comunidad estaba en el muelle contemplando una tortuga que se escondía entre los lirios. En su pobre español, Marggie le dijo respetuosamente: “[su_highlight]Gracias por esta vivencia[/su_highlight]”.

“[su_highlight]No[/su_highlight]”, le escucho decir en un español muy peculiar, “[su_highlight]gracias a ti. Porque si tú de visita estás aquí, yo puedo seguir aquí[/su_highlight]”.

La historia de Marggie y su hijo es una de tantas que se viven día a día en Alltournative; así de fuerte es la relación que se teje con las comunidades mayas.

Alltournative no solamente opera expediciones en poblados de gran belleza natural, también revalora la cultura maya, la revive y la preserva para que se comparta respetuosamente con los turistas.

Con el turismo sustentable, los habitantes del área ya no tienen que migrar. Esto fomenta la integración familiar y mejora su calidad de vida. También nos ocupamos por la educación, para que tengan mejores oportunidades.

Hoy Paulino, uno de los pequeños que ese día llevaron a la escuela, es un guía con licenciatura y certificación INAH y otros niños ya no tienen que ir caminando a la escuela pues se han implementado varios proyectos educativos como el transporte escolar. Alltournative es uno mismo con las comunidades mayas, su razón de ser, es preservar esa herencia.


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