Eran las nueve de la mañana cuando los rayos del sol traspasaban las hojas de los árboles llevando los primeros hilos de luz a las aguas azules del cenote Esmeralda. Un sinfín de sonidos de aves daba vida a la selva que despertaba a medida que el calor y la humedad se hacían presentes.

Don Dimas Chuc, con su rostro surcado por el paso de los años, sus manos agrietadas y vestido de blanco, era el único habitante de aquella comunidad maya que parecía estar ocupado colocando flores frescas en los arcos que circundaban una mesa de madera. “Es un canché” me dijo con voz arrugada. “Lo usamos para la ceremonia que hacemos antes de entrar al cenote”.

Al ver mi expresión de sorpresa esbozó una explicación del altar que estaba preparando mientras encendía un poco de carbón en un recipiente. Los lados representaban los cuatro puntos cardinales. Los arcos alrededor, hechos con maderas flexibles, se decoraban con hojas y flores simbolizando al sol, a la luna, y a los planetas. Se colocaban jícaras con agua y con incienso de copal.

Normalmente la tradición sugería que los canchés fueran destruidos después de realizar el ritual, de este modo se representaba la renovación cíclica de la visión maya; pero este altar se quedaba fijo ahí y sólo se renovaban las flores y plantas marchitas.

A los pocos minutos llegó el primer grupo de turistas, parecían maravillados por el entorno natural y tomaban fotografías que no capturarían el canto de las aves ni el aroma del incienso de copal que ya quemaba el anciano. El guía de turistas, que portaba bermudas verdes, una camisa de explorador y unas botas, concentró a su grupo en torno al altar y respetuosamente presentó a Don Dimas como el chamán o líder espiritual de la comunidad diciendo: “En la tradición popular, los cenotes son lugares sagrados donde habitan los aluxes, seres de la naturaleza a los que podemos perturbar con nuestra presencia.

Al realizar esta purificación mediante rezos, y quema de copal trataremos de neutralizar cualquier efecto negativo que pueda tener nuestra visita a estos lugares”. El joven mostró el incienso de copal en forma de roca y explicó cómo se extraía la resina de un árbol. “Don Dimas va a pedir a los espíritus que nos protejan cuando estemos estamos dentro del cenote, va a pedir para que regresen con bien a sus lugares de origen y nos visiten en otra ocasión. Hagamos aquí un medio circulo y guardemos respeto por esta ancestral tradición” concluyó el guía antes de cerrar sus ojos y respirar profundamente.

En ese momento, la voz en maya se elevó: “Maloo´b kin, u tia talacheech. Baitunó binu kahem inapyal chi dkte bix ucha cuúx leech axim bbtéech uluúm mayas…” Los rezos continuaron un par de minutos, todo el tiempo en maya, mientras hablaba se acercaba a los turistas y dirigía el humo del incienso con ayuda de una planta hacia los rostros que denotaban admiración e intriga. “Ahora, cada uno de ustedes, a su manera, puede hacer en silencio sus propias oraciones. Yo voy a pedir a Dios por los enfermos, por los que no oyen, por los que no ven y por los que no caminan”, fue lo único que Don Dimas dijo en español dirigiéndose directamente a los visitantes.

Al concluir la ceremonia, visiblemente el guía y los turistas estaban más serenos, plácidos y sosegados. Fue como si el tiempo se hubiera detenido por minutos mientras cada persona encontraba su propia conexión con la naturaleza. Así empezó el día en la comunidad Esmeralda.


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